DULCES E INCREÍBLES

Nunca me había gustado cocinar, hasta que llegaron a mi vida la placa de inducción y un horno que funcionaba, y empecé a descubrir todas las posibilidades que tienen. No es que ahora sea la asistente de Arguiñano, ni mucho menos, pero desde que mi chico me enseñó a hacer croissants con la masa de hojaldre, he visto que no todo es tan complicado como pensaba y, poco a poco, puedo ir ampliando mis conocimientos… (menos mal que él no lee esto, porque diría que me falta mucho para poder decir que “cocino”).

Últimamente he estado mirando blogs de cocina, y me apetece muchísimo ir aprendiendo a hacer postres y tartas decoradas, de esas que te da pena comer. Postres y tartas, pero no cupcakes, porque con la invasión maleni estoy saturada para esta vida y las dos siguientes. De hecho, hace unos años me llamaban la atención y tenía ganas de probarlas, pero tanta ñoñería y tantas cupcakes por todas partes, han hecho que ni llegue a darle un mordisco a una. Lo que quiero llegar a hacer es más bien esto:


Hasta donde sé, la clave está en hacer la tarta (el bizcocho y el relleno, de nata, crema, chocolate o el sabor que tenga) y, luego, la parte divertida -y más que complicada- de cubrirla y decorarla con fondant… mmm… empiezo a salivar sólo de imaginarla.

Creo que tendré que practicar muchísimo (y mucho más), pero todo es cuestión de ponerse. Y si no, ¡siempre puedo intentar entrar de becaria en Charm City Cakes!

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